Cada verano los incendios se repiten: más grandes, más salvajes, y más difíciles de apagar. Nos recuerdan lo vulnerables que somos. Pero a diferencia de un volcán o un tornado, el fuego se puede evitar: casi siempre empieza con una decisión humana.
He pensado mucho sobre la propuesta de liberar de malos humos en nuestras playas, parques y terrazas. Para mí, no es un debate sobre normas o civismo, es una cuestión de vida.
Mi madre sufrió un incendio interno que nadie pudo sofocar. El tabaco le robó todo, transformando su vitalidad, en una lucha agónica contra la EPOC. Ver perder a alguien perder el aire día a día, es entender la verdadera crueldad de este hábito.
Escribo esto con la esperanza de que, la próxima vez que alguien encienda una colilla en su boca, recuerde algo: no solo está quemando sus pulmones, también está consumiendo el aire de todos respiramos.